Mi nombre es Álvaro, pero mis amigos suelen llamarme “Alvaka”, ya que cuando era pequeño un primo solía llamarme así para hacerme enojar. Hoy cumplo 21 años, a pesar de que llevo 4 de ellos postrado en una silla de ruedas.
Aun recuerdo ese día, ese maldito día… tal cual como si fuese ayer. Un sábado como cualquier otro, salí a andar en skate con mis amigos y que mejor, con tabla nueva, las mejores ganas con los mejores partners, sin duda era un día de ensueño, que termino transformándose en la peor pesadilla.
Estábamos en la plaza de Baquedano, bajando los 5 peldaños del clásico spot. En mi mente solo se manifestaban 2 palabras: “Flip 360”.
Necesitaba caer ese truco para llegar feliz a mi casa, por lo menos eso creía…
Todo cambio cuando caí sobre la tabla, feliz, celebrando el truco y de repente, no supe más.
Sin duda el auto que justo iba atravesando la calle tampoco me vio, el resto se lo podrán imaginar ustedes.
Desperté en el hospital, aturdido aun por el golpe, no entendía absolutamente nada de lo que ocurría y mi madre y mis amigos afuera, cuando logre entender lo que realmente pasaba en ese momento, llego el doctor, diciendo algo para lo cual, prefería estar muerto: estoy condenado a vivir el resto de mis días amarrado a una silla de ruedas.
Nunca más caminar, nunca más skate. Nunca más skate, debo estar soñando… pero por más que lo intentaba, mis pies no reaccionaban. Estaba condenado a depender de alguien por el resto de mis días.
Al paso del tiempo, cada dio se hacía más largo y mas monótono y lo único que hacía era ver videos de skate todo el día.
Un día dije: “esto no se puede quedar así” y decidí salir y retomar el ritmo de vida al que estaba acostumbrado. Llegué al parque y trate de ignorar las miradas de asombro por mi presencia en la pista, mire durante casi toda la tarde a ver como todos eran felices patinando, y recordé los tiempos en que yo solía ser así. No me di cuenta cuando una lágrima se hacía asomar por mis ojos, atreviéndose a correr cuesta abajo por mi mejilla. En ese momento, decidí que sea como sea tendría que volver a lo mío.
Desde aquel día intente lograr ponerme de pie por cualquier método, sin lograr a ningún resultado, hasta que un día, en el mismo parque, me di cuenta que mi destino ya estaba escrito: definitivamente tendré que vivir junto a esta silla.
Cobardemente creí tomar la decisión correcta, no vale la pena seguir viviendo así, pero ¿tendría las agallas para acabar con mi vida? Muy buena pregunta…